El primer vecino por estos pagos



Por Horacio Galacho


No era exactamente vecino, pero estaba por aquí cerca.  Para saber cómo, cuándo y dónde se ubicó, hay que remontarse a  febrero de 1580, cuando Juan de Garay, como representante del Adelantado Torre de Vera y Aragón hizo pregonar en Asunción un bando para poblar el puerto de Buenos Aires. Los que participaran recibirían mercedes de tierras, encomiendas de indios y permisos para la explotación del ganado yeguarizo salvaje que vagaba por estas regiones. Sólo eso; nadie recibiría dinero en efectivo (como en otros casos) a menos que ocurriese una rebelión. 


No era exactamente vecino, pero estaba por aquí cerca.  Para saber cómo, cuándo y dónde se ubicó, hay que remontarse a  febrero de 1580, cuando Juan de Garay, como representante del Adelantado Torre de Vera y Aragón hizo pregonar en Asunción un bando para poblar el puerto de Buenos Aires. Los que participaran recibirían mercedes de tierras, encomiendas de indios y permisos para la explotación del ganado yeguarizo salvaje que vagaba por estas regiones. Sólo eso; nadie recibiría dinero en efectivo (como en otros casos) a menos que ocurriese una rebelión. 



La convocatoria logró reunir sesenta y cuatro jefes de familia, incluyendo una única mujer: Ana Díaz, pero después se agregarían muchos como puede verse cuando se repartieron los solares de la ciudad. Muy pocos eran españoles de origen, los más habían nacido en América, de padres europeos o, más comúnmente, mestizos. Esto se debía a que en Asunción las mujeres blancas eran muy pocas y los hombres habían optado por agenciarse verdaderos harenes de mujeres indígenas que les proporcionaron una descendencia numerosa.
Tal como estaba prometido Garay concedió a los fundadores unas treinta encomiendas de indios mbeguaes y chanás, pero con poca ganancia. La mayoría de los indígenas abandonaron a sus amos y se marcharon al interior de la pampa. Lo principal fue el otorgamiento de solares en la ciudad y de tierras para la explotación agrícola y ganadera en la zona rural.
La planta urbana (tan teórica que solo existía en el plano) consistía en un rectángulo de 16 cuadras de largo por 9 de ancho orientado “a rumbo completo”, es decir, de norte a sur y de este a oeste. Resultaron así 144 manzanas cuadradas distribuidas en damero que cubrían un área hoy delimitada por las calles Balcarce-25 de Mayo al este, Salta-Libertad al oeste, la Avenida Independencia al sur y la Avenida Córdoba al norte.
La mayor parte de los solares concedidos en las primeras tres hileras de manzanas a partir del río, abarcaban un cuarto de éstas. En el resto de la ciudad fueron manzanas enteras. En total Garay concedió 232 solares, además de una buena cantidad que quedó sin destino.
En torno del casco se estableció lo que se llamaba ejido, un terreno público que serviría para la ampliación de la urbe cuando la población creciera, para que el cabildo tuviera tierras de donde obtener una renta y para que los vecinos pusieran a pastar sus animales, guardar las carretas y otros menesteres. En forma aproximada el ejido se extendía al norte hasta la actual calle Arenales, al sur hasta la Avenida San Juan y al oeste hasta las avenidas La Plata-Río de Janeiro.
Debido al peligro que representaban los indios no sometidos, Garay no otorgó mercedes en la zona rural unos meses más tarde, en octubre de 1580. En la parte más cercana al ejido, entregó “suertes” (es decir, fracciones de tierra) para chacras destinadas a la agricultura y a la cría de ganado menor, para el abasto de la ciudad. Eran terrenos de entre 300 y 500 varas (433 m) de frente y una legua (5 km) de fondo. En la parte más alejada concedió suertes de estancias, terrenos más grandes que los anteriores, de 3000 varas o media legua de frente (2,5 km) por una legua y media (7,5 km) de fondo que se aplicarían a la cría de ganado mayor (vacunos, caballos, mulas y cerdos).
A diferencia de las propiedades urbanas, las rurales se trazaron “a medio rumbo”, es decir de noreste a sureste. El fundador empezó por conceder 65 terrenos, uno al lado del otro, sobre la costa del Río de la Plata, al norte de la ciudad (Recoleta, Palermo, Belgrano, Núñez…) a partir de la punta que formaba la costa en lo que hoy es el barrio de Retiro. Siguió con veintinueve suertes de estancias hacia el sur, desde Avellaneda hasta Magdalena, dos suertes de estancias con dimensiones atípicas, sobre el Riachuelo, cerca del la desembocadura (Barracas y Pompeya), veintiún suertes de estancia a una y otra banda del río Luján, diez en el río Areco y seis en el Paraná de las Palmas.
Como se ve, los terrenos  estaban ubicados, en general, sobre la región adyacente al Río de la Plata. El interior se mantuvo despoblado hasta que tras la muerte de Garay (1583) otros gobernadores los concedieron a nuevos personajes.
El conjunto de propiedades rurales ubicadas junto a cada río formaban un “pago” nombre que se daba en España a un distrito de tierras o heredades, especialmente cuando éstas contenían viñas u olivares. Así se constituyeron el Pago de la Costa o Monte Grande (sobre el Río de la Plata, al norte de la ciudad), el Pago de Magdalena (sobre el Río de la Plata, al sur de la ciudad), el de Luján (sobre el río de este nombre), el de Areco, el de las Palmas y el del Riachuelo.
Este último abarcaba solo el sector de  las chacras cercanas a la desembocadura que se mencionaron antes y nunca fueron ocupadas. El resto del territorio aledaño a esta corriente de agua, era conocido como Pago de La Matanza, que abarcaba desde Lanús hasta el río Salado (en la provincia de Buenos Aires), Villa Soldati, Flores, Parque Chacabuco y todo el resto de la Ciudad de Buenos Aires hacia el oeste a partir del ejido y de los fondos de las estancias del Pago de la Costa.
El primer vecino del Pago de la Matanza cuyas tierras estaban en las inmediaciones del barrio de Parque Chacabuco parece ser Juan García de Taborejo cuya propiedad le fue otorgada en 1588. Esta era una suerte de chacra de 300 varas de frente por una legua de fondo que, según se presume, debía extenderse entre la calle Culpina y la Avenida San Pedrito y entre la barranca del Riachuelo (la que bordea el “bajo Flores”) y la calle Jonte, en el barrio de La Paternal. Estas referencias son solo aproximaciones muy someras pues debe tenerse en cuenta que mientras que las calles mencionadas van de norte a sur, los límites de las chacras corrían en forma oblicua, de sudeste a noroeste.
En los primeros años de la fundación las tierras concedidas no despertaron el  interés de los pobladores y varias propiedades fueron abandonadas o vendidas a precios irrisorios. Un factor que contribuyó a ello fue el hecho de que los terrenos solo estaban fijados en el papel y nadie estaba seguro de cuáles eran los límites reales de su fracción. Los intentos de realizar una mensura oficial general fracasaron.
Hubo numerosos juicios por usurpaciones (maliciosas o involuntarias) y quejas de los vecinos. Para cortarlas el Cabildo dispuso en 1590 que antes de ser ocupados los terrenos fueran mensurados por un par de funcionarios oficiales a quienes los dueños debían pagar por su trabajo el justo precio de una gallina.
En esa etapa la mayor preocupación de los pobladores era la supervivencia. La pobreza era general y el repliegue de los nativos obligó a los orgullosos conquistadores a realizar con sus propias manos todas las tareas que ellos suponían debían realizar sus sirvientes, como traer agua del río, lavar la ropa o cultivar la sementeras. Según dicen las cartas elevadas al rey, por falta de ropa las familias no concurrían a la iglesia y por falta de vino no se decía misa.
El comercio con el extranjero estaba prohibido y, por lo tanto, aunque no faltaba la comida, con excepción del azúcar y el aceite, no había manera de realizar intercambios que permitieran hacerse de artículos necesarios para la vida.
Desde 1581, el rey de España, Felipe II había incorporado a Portugal a su domino pero este país era administrado como un reino independiente. Por eso, a los portugueses, incluyendo a los del vecino Brasil se les prohibía (inútilmente) ejercer el comercio con el Río de la Plata. Además los muchos que vivían en Buenos Aires, eran sospechados de judaísmo o de haberse convertido al cristianismo sin convicción. El prejuicio religioso tenía su fundamento en el hecho de que, ciertamente, varios conquistadores y colonizadores del Brasil eran judíos.
Mientras tanto la corona luchaba contra un déficit financiero crónico que había desembocado en bancarrota (hoy lo llamamos default) en 1560, 1575 y 1596. Le urgía conseguir dinero y para ello recurrió al expediente de poner a la venta los cargos públicos. Una vacante de regidor, por ejemplo, iba a remate y un español podía comprarla para ejercerla o para revenderla en América con una ganancia. Esto no auguraba nada bueno para los fundadores que habían obtenido sus títulos, cargos y tierras por los servicios prestados al rey.
En fin, para la primera década del 1600 estaban todos los componentes como para que en Buenos Aires se produjera un extraordinario aumento de los bienes materiales y de los males de la política. Y los propietarios del Pago de la Matanza, en especial los de Parque Chacabuco, estuvieron involucrados tanto en lo primero como en lo segundo.
Esto es para contarlo en un próximo artículo.

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