Cuando el tranvía llegó al Parque Chacabuco

Por Horacio Galacho

El tranvía 44 en una foto ca. 1950
Cuando aún nuestro barrio era una apacible zona de quintas productoras de frutales y leña, llegó a las cercanías el primer transporte público mecánico de pasajeros del país. Era el Ferrocarril Oeste de Buenos Aires (hoy línea Sarmiento), inaugurado el 29 de agosto de 1857. El tren, que venía a civilizar la pampa, solo recorría el trecho que iba desde la estación del Parque (edificada en el mismo sitio donde hoy se yergue el Teatro Colón) y la estación Floresta.

Sus pioneros en materia de transporte de pasajeros habían sido esos toscos carruajes de caja rectangular que se conocen como ómnibus, impulsados por dos o cuatro caballos. Los había para largas distancias, (conocidos como galeras o mensajerías) y para transporte urbano como el que recorría el Camino del Oeste (hoy Rivadavia) desde la Plaza de la Victoria a Flores.
El siguiente paso fue la aparición de los tranvías tirados por caballos. Los huesos de muchos usuarios debieron agradecer entonces el suave deslizamiento por el camino de hierro en lugar del salvaje zangoloteo por el barro. El primer servicio (inaugurado el 14 de julio de 1863) fue una línea complementaria del ferrocarril, en este caso el del Norte (hoy línea Mitre), que iba de la estación Retiro a Plaza de Mayo. Pero el 27 de febrero de 1870 el tranvía a caballo se extendió a todos los viandantes. Ese día se inauguraron dos líneas al mismo tiempo: una que prestaba la empresa Tramway Central, de la que eran propietarios los (dos) hermanos Lacroze y otra a cargo del Tramway 11 de Setiembre o de la Calle Cuyo, de los (tres) hermanos Méndez. Enseguida los Lacroze encararon una obra de gran aliento: la circulación de una línea que iba por la avenida Rivadavia desde la Plaza de la Victoria a Flores. La inauguraron el 27 de setiembre de 1871 con un espectacular desfile de treinta tranvías, y una banda de música que tocaba en uno de ellos. Asistió el mismo presidente de la Nación, Sarmiento, que viajó muy orondo a pesar de la preocupación que afectaba a todos por la epidemia de fiebre amarilla que asolaba Buenos Aires.
Desde entonces el servicio creció rápidamente y para 1877 ya había en la ciudad siete compañías y 146 km de vías (¡25 km más que Nueva York!). Las empresas usaban la trocha normal de 1,676 mm y coches de procedencia inglesa o estadounidense de dos modelos distintos: el abierto (conocido como jardinera) y el cerrado (llamado popularmente cucaracha) que se usaba en invierno. Los coches tenían siete bancos de madera puestos del través donde cabían 20 pasajeros, y no había lugar para viajar de pie. La propulsión la proporcionaban uno o dos caballos y sólo eventualmente tres para subir las pendientes más empinadas. A fin de siglo el boleto era de precio muy variable según las líneas; el más barato costaba 25 centavos.
Veinte años después el tranvía de caballos fue reemplazado por el eléctrico, que además de ser más limpio, rápido y cómodo cargaba el doble de pasajeros. El primero de la Argentina se intaló en La Plata en 1892. En Buenos Aires se comenzó con un coche jardinera en un circuito de prueba por la avenida Las Heras entre Canning (Scalabrini Ortiz) y Plaza Italia puesto a funcionar por una nueva empresa llamada Tranvía Eléctrico de Buenos Ayres en abril de 1897. En diciembre ya estaba instalada la primera línea que concretó la Cia de Tramways La Capital. Iba de San Juan y Entre Ríos al barrio de Flores.
Rápidamente las compañías de tranvías a caballo cambiaron su forma de tracción (la última funcionó hasta 1910) al tiempo que aparecían nuevas empresas. Entre las primeras estaba La Capital que el 22 de marzo de 1900 inauguró una línea que llegó a Parque Chacabuco y que más adelante se conocería como línea 44. El trayecto empezaba en Plaza de Mayo, seguía por Rivadavia, doblaba por Av. la Plata y entraba por Asamblea hasta Emilio Mitre. En esta esquina guarda y motorman aprovechaban la espera de su próximo turno para sentarse un rato, ya que ambos debían trabajar de pie. Luego emprendían el recorrido de vuelta que iba por Emilio Mitre (que hasta 1909 se llamó Polvorín) y Rivadavia, hasta Plaza de Mayo donde completaba los 20,3 km de camino. Los coches se guardaban en la estación Caridad, ubicada en la esquina de la calle de ese nombre (hoy Urquiza) y Belgrano. En esas mismas instalaciones funciona ahora un gran garaje policial.
El boleto bajó pronto a diez centavos aunque al principio cobraban 20) pero existía ya el boleto obrero, de cinco centavos, para los que viajaban entre las cinco y las siete de la mañana. Podía sacarse de ida y vuelta por diez centavos, pero regresando después de las cuatro de la tarde.
Cabe recordar que cuando el tranvía eléctrico llegó al barrio, el Parque Chacabuco aún no se había creado (ello ocurrió en 1903). El espacio estaba ocupado por el edificio del polvorín que existía desde la época colonial, rodeado por un espaldón de tierra y de un extenso terreno que protegía a los vecinos de una eventual explosión. El resto del distrito eran quintas de cinco o más hectáreas de superficie.
En aquel entonces sólo algunas líneas de tranvía tenían número. La mayoría se identificaban por el trayecto (por ejemplo “Aduana - Villa Alvear”) y aún solo por su destino (por ejemplo: “Corrales”) si es que se iniciaban en el centro de la ciudad. Para hacerlos reconocibles los coches llevaban banderas de colores durante el día y un juego de dos luces por la noche. La Capital agregaba estrellas de distintos colores o la cruz de Malta.
En julio de 1902 se aplicó por primera vez número a una línea de tranvías: la 2, de la Anglo Argentina, y en 1906 se numeró a la mayoría. Al parecer, por un acuerdo entre las empresas, se reservó del 1 al 40 a la Anglo Argentina, del 41 al 48 a La Capital, del 56 al 59 al Metropolitano; del 61 al 70 al Gran Nacional, etc.

























CULTURA e IDENTIDAD



Por Adrián Placenti

Vivimos en un mundo difícil, y aunque seguramente "todos los mundos" hayan sido difíciles, el que nos toca vivir la verdad que se las trae, "y lungas". El fenómeno de imposición cultural y económica denominado no sin ingenuidad como  "globalización", es un punto importante a reflexionar, en cuanto al papel que  desarrolla en los procesos culturales actuales, tema que aquí nos compete.
Necesariamente nos detendremos a pensar por un instante que es lo que entendemos como cultura. Y cultura es el conjunto todo aquella producción que una civilización realiza, de allí que  no hay culturas mejores o peores. Las habrá con mayor o menor grado de desarrollo tecnológico o avance en el dominio de la naturaleza, pero esto no encierra un valor en sí mismo y todas las culturas encierran riqueza en sus expresiones y en sus formas.
Esta última afirmación no es un detalle menor  porque a veces creemos, porque nos han familiarizado con esa idea, que hay culturas superiores, y que por dar un ejemplo y tomar un hecho cultural puntual, se supone muchas veces que una sinfonía es superior a una baguala norteña. Y no lo es. Una sinfonía es más compleja, supone una tecnología superior, el desarrollo del leguaje musical escrito, etc., pero aquello especifico e indecible, aquel profundo sentir que transmite una baguala (siempre a modo de ejemplo) la más exquisita sinfonía no lo puede decir, como en sentido opuesto ocurre exactamente lo mismo, por supuesto. No puede haber juicio de valor a cerca de ello.
Al hablar del mal llamado proceso de globalización, hablé de imposición cultural. Es algo evidente. Pensemos en la música, siempre a modo de ejemplo pero es aplicable a la totalidad de las expresiones culturales,  vestimenta, comidas, etc. Se ha impuesto que "el sonido del pop-rock es un sonido universal”. Por otra parte no sería universal, por volver a tomar el mismo ejemplo anterior, el sonido de las bagualas. En efecto, en esto podría haber algo de verdad, pero por obra y gracia de la imposición cultural de un modelo. Por eso el proceso denominado de globalización no es de ida y vuelta. Si fuera de ida y vuelta, una baguala sería tan universal como el pop. ¿A caso es universal un pantalón largo y no lo es un taparrabos? ¿O es universal el idioma inglés y no lo es el aymará? Seguramente están más "universalizados" pero a instancias de una conquista del mundo por una cultura dominante que va imponiendo sus producciones culturales. Por eso, estamos ante un hecho que se da en un solo sentido. Y esa única dirección obedece simplemente a dicho poderío imperial que se impone. Y aunque en la historia de la humanidad los procesos de dominación son parte de la humanidad misma, el deseo de imposición obedece a una voluntad política y no a una condición necesaria. Y doy un ejemplo. El imperio español del siglo quinientista en adelante impuso su cultura en Latinoamérica. En cambio al imperio británico no le interesó imponer su cultura en India. Digo, distintos proyectos, distintas estrategias. Pero claro, además de esa voluntad hegemónica actual, los alcances tecnológicos y la brecha enorme de poderío militar que esto acarrea le otorgan a ese predominio una capacidad de avance y dominación muy importante por sobre el resto de las culturas. 
Así y siguiendo a modo de ejemplo con la música, el entorno sonoro, en las radios y televisión,  es un entorno sonoro “extranjerizante”. Vemos cómo llegan artistas foráneos que, con la ayuda de dichos medios formadores de opinión, mal llamados de media comunicación masiva, llenan estadios con entradas a precios desmesurados para nuestra economía, y nos encontramos con una audiencia ávida de una propuesta que de industrial tiene mucho pero de cultural prácticamente nada. Al pensar en hechos artísticos, podemos reconocer la diferencia entre aquella producción que es consecuencia de una sensibilidad que necesita expresarse, y aquellos que obedecen a una estructura de producción industrial, y cuyo objeto es "la venta", no "el decir nada nuevo". Los productos pseudoculturales que buscan la venta como objetivo, no corren riesgos estéticos sino que transitan por los lugares conocidos para garantizarse su mercado. Pensemos en lo que produce nuestra televisión. Es un buen ejemplo, lamentablemente.
Pero  la pregunta es: ¿no hay artistas argentinos capaces de llenar estadios?, ¿no hay poetas?; la respuesta es obvia: ¡claro que los hay! Pero son “invisibles” Es obvio lo que hay detrás, y obedece a ese proceso de industria cultural envasada en función de grandes intereses económicos, transnacionales que imponen su producto, como la Coca-Cola se impuso a la Bidú Cola. O acaso, ¿cómo se  forma el gusto por algo?
Ahora, debiéramos preguntarnos si podemos ser tan ingenuos. No podemos soslayar que dicha industria externa destruye la nuestra (recursos que salen del país por ventas de Cds, por ventas de entradas, por pagos de derechos de propiedad intelectual, artistas que emigran…, artistas que no pueden vivir de su arte, y como consecuencia, voces que se callan, realidades que no se cuentan, que se vuelven desconocidas a pesar de estar aquí cerquita, a la vuelta de la esquina, en definitiva, una nación que olvida su realidad y se somete.
Pero aun más. No solo nuestros recursos emigran. El daño es más grande todavía. Laceran nuestra identidad y poco a poco la perdemos, la entregamos, mansamente, obnubilados por los viejos espejitos de colores: nos forman la opinión, impuesta en una aparente libertad. ¿Cómo competir con esas empresas monstruosas en capital, gestión y poderío? No se trata de oponerse porque si, sino de defenderse inteligentemente. Se trata de generar reales igualdades de oportunidades.
Cantamos sin sentido... "Jelp, ai nid sombodi, jelp, nach us enibodi, jelp iu nou ai nid samuon, Jelp!" ¿Qué es eso? (explico: Onomatopeya de “Socorro”  canción de los Beatles), ¿a qué le cantamos? ¿Y el valor de la palabra? Vociferamos palabras inentendibles, que además, aún en el caso de que tengan un valor artístico, hablan de otras realidades, cuentan acerca de lejanos lugares, sentires y relatos ajenos.
Entregamos el contenido, perdemos la poesía... “Adiós... ¡qué raro fue tu adiós! de espina y de jazmín, como una cruz y una caricia. Tal vez... no presentí, ni comprendí, que las estrellas tienen que morir con los rayos del sol…”       del vals “Un momento”, de Héctor Stamponi . ¿No es otra cosa? El "Jelp, ai nid sombodi...”puede ser muy pegajoso, pero no hay mucha comparación en lo que podría significar una canción y la otra. Y poseemos mucho,  mucho más, tenemos mucho patrimonio, pero lo entregamos… mansamente, porque olvidarlo es entregarlo, no disfrutamos aquello que nuestros artistas expresan...
En definitiva creo que falta un debate acerca del rol de nuestros hechos de cultura. Y en el mientras perdemos nuestra voz. Perdemos la palabra, la imagen, las tradiciones. Perdemos lo que nuestros artistas expresan.
Es falaz el argumento de la libertad en desigualdad de oportunidades. Estamos en gran desventaja frente al poderío dominante y frente a las dantescas megaempresas que imponen su producto. Creo firmemente que debe haber políticas de estímulo y defensa de nuestras expresiones culturales. La “famosa” reciente ley de medios pretendió dar alguna respuesta. Pero sin resultados hasta el momento, y pareciera que dichos resultados, en pos de no callar voces, no se verán. Quizás haya sido planteada solo formalmente y sin una voluntad política firme en ese sentido. Por eso aún falta un debate social profundo y una toma de conciencia acerca de lo importante de darle a lo nuestro el lugar que merece.
Un pueblo sin identidad es un pueblo vulnerable. Sin identidad no hay independencia posible. Es como un zombi al que le dicen lo que tiene que hacer, sin personalidad, sin posibilidades de desarrollo.
¿Y nuestra voz?
Falta un debate, primero. Toma de conciencia y luego,  políticas públicas. Políticas  que no deberían ser ni más ni menos que el rumbo, el horizonte al que nuestra sociedad desea llegar atendiendo a la protección de nuestro patrimonio cultural y estimulando y promoviendo a sus hacedores y cultores.